Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Cuento» EL PARAGUAS DEL MAGO, por GRACIELA MONTES / ANA SANFELIPPO


HABÍA UNA VEZ UN MAGO QUE, EN LUGAR DE VARITA MÁGICA, TENÍA UN PARAGUAS.

ERA UN PARAGUAS ROJO Y VERDE, MUY GRANDE Y MUY HERMOSO.




—QUEREMOS CARAMELOS —DECÍAN LOS CHICOS.

—¡ABRAPARAGUAS! —DECÍA EL MAGO.

Y DEL PARAGUAS CAÍAN LOS CARAMELOS MÁS RICOS DEL MUNDO.




—ME GUSTARÍA PODER COMPRARLE UNAS FLORES A MI NOVIA —DECÍA UN MUCHACHO.

—¡ABRAPARAGUAS! —DECÍA EL MAGO.

Y DEL PARAGUAS CAÍAN FLORES DE TODOS COLORES.




—¡CÓMO ME GUSTARÍA TENER UN CACHORRITO! —DECÍA UNA NENA

—¡ABRAPARAGUAS! —DECÍA EL MAGO.

Y DEL PARAGUAS CAÍAN CACHORRITOS QUE ENSEGUIDA EMPEZABAN A MOVER LA COLA.




—¡QUÉ GANAS DE COMER SANDÍA! —DECÍA UNA FAMILIA.

—¡ABRAPARAGUAS! —DECÍA EL MAGO.

Y DEL PARAGUAS ABIERTO CAÍAN SANDÍAS ENORMES Y DULCES.





UN DÍA EL PAÍS DEL MAGO SE SECÓ.

HACÍA MUCHÍSIMO CALOR, TANTO QUE LAS FLORES SE MARCHITARON...

...Y SE ACHICHARRARON LAS SANDÍAS...

...Y LOS CACHORRITOS SE MORÍAN DE SED.

—¡QUE LLUEVA! ¡QUE LLUEVA! —PEDÍAN TODOS.

—ABRAPARAGUAS! —DIJO ENTONCES EL MAGO.

Y EMPEZÓ A LLOVER Y A LLOVER PERO... ¡DEBAJO DEL PARAGUAS!




Y EL MAGO FUE POR ACÁ Y POR ALLÁ, LLOVIENDO CON SU PARAGUAS.

Y, POR DONDE ÉL PASABA, CRECÍAN LAS FLORES.

Y LAS SANDÍAS SE PONÍAN GORDAS.




Y LOS CHICOS DECÍAN:

—¡OIA! ¡UN PARAGUAS QUE LLUEVE!



FIN



EL PARAGUAS DEL MAGO
Autora: Graciela Montes
Ilustradora: Ana Sanfelippo
Colección Pequeñas historias
Editorial: Loqueleo Santillana

Libros para compartir las primeras lecturas literarias de los chicos.
Textos breves y coloridas imágenes. Lenguaje sugerente y poético.


El mago tiene un paraguas secreto que da flores, caramelos…
y hasta hace llover.

loqueleo
El proyecto de literatura infantil y juvenil de Santillana

https://www.loqueleo.com/ar/libro/el-paraguas-del-mago

Ana Sanfelippo - Ilustración & Diseño Gráfico
https://anasanfe.myportfolio.com/el-paraguas-del-mago


Visto y leído en:

Educando a los más chicos / nº 1 LAS FAMILIAS (Archivo PDF)
http://www.bnm.me.gov.ar/giga1/documentos/EL000817.pdf

Video: El cuento del paraguas del Mago en lengua de señas - Videolibros en LSPy
Canal: Dirección General Educación Inclusiva

https://www.youtube.com/watch?v=j94lGjtFnBo

Video: El Paraguas del Mago - Canal: Pinitos Tm
https://www.youtube.com/watch?v=MHgz7JJ7L1Y




Ésta es la historia increíble de lo que le pasó a Ramón Gariboto a las siete y veinticinco de la mañana de un Día de Morondanga.

Ramón se despertó, como siempre, a las siete y cuarto.

A las siete y veinte entró en el baño y se miró en el espejo: tenía pelo de sueño, ojos despeinados y barba pinchuda.

Después, Ramón Gariboto, con la mano izquierda, agarró el tubo de pasta dentífrica y el cepillo de dientes y, con la mano derecha, abrió la canilla del agua fría.

Y en realidad ahí fue donde empezó el cuento porque de la canilla del agua fría primero salió… ¡agua fría, por supuesto! Pero después salió… bueno, no salió, pero al menos intentó salir: ¡un pez!

El pobre no podía pasar por el caño demasiado estrecho de la canilla: apenas asomaba la cabeza.

—¡Un bagre! —gritó Ramón Gariboto, que jamás había visto un pescado que no estuviese bien frito. Pero miró mejor y dijo:

—No, un bagre no es… No tiene bigotes… ¡Ya sé! ¡Es un pejerrey!... ¡No! ¡Una merluza!... ¡Un surubí!... ¡Un...!

—Soy un salmón, ignorante —lo interrumpió el pez—, y hacé el favor de ayudarme a salir de acá adentro, que me estoy ahogando.

—Sí, cómo no —dijo Ramón Gariboto amablemente.

Ramón Gariboto era una persona más bien tímida, y a las siete y media de la mañana era tan tímido que hasta un pez podía asustarlo.

De modo que sostuvo al pez con dos dedos y tiró hacia afuera.

—¡Ay! ¡Con cuidado! —se quejó el prisionero, que parecía bastante malhumorado—. ¡Me estás lastimando las agallas, infeliz! ¡Se habrá visto!

—Lo siento mucho —se disculpó Ramón Gariboto y volvió a tirar hacia afuera con la mayor suavidad.

El último tramo fue más fácil. El pez se agitó, su cuerpo tornasolado terminó de atravesar la canilla y un momento después andaba a los coletazos por la piletita del baño.

—¡Caramba! —dijo Ramón Gariboto agachándose para mirarlo bien—. ¿Por qué abrirá tanto la boca? ¿Me querrá decir algo?

—A-a-a-a-a-a-agua-a-a-a-a-a-a —logró musitar el pez antes de desmayarse.

Y sólo entonces Ramón Gariboto recordó que los peces tienen la costumbre de vivir en el agua, y miró y vio que toda el agua que salía por la canilla se escapaba en un santiamén por el sumidero.

Ramón se apuró a buscar un tapón, y al rato el pez empezó a respirar tranquilo. Tranquilo pero enojadísimo, como siempre. Ramón Gariboto se preguntó si todos los salmones serían tan impacientes.

—¡Más tonto que una mojarrita en primavera! —murmuraba el pez mientras iba y venía por la diminuta pileta—. ¡Más estúpido que un caracol agujereado! ¡Más inútil que un renacuajo sin cola! ¡Más…!

—¡Bueno, basta! —rugió Ramón Gariboto, harto ya de tantos retos—. Mire que saco el tapón y se acaba la función…

El pez se calló la boca y durante los cinco minutos siguientes sólo nadó de un lado al otro de la pileta, llenándose las branquias de agua. Parecía aliviado, casi contento.

Después de un rato, cuando Ramón Gariboto ya había empezado a enjabonarse la cara para afeitarse la barba, dijo:

—Bueno, al grano. Supongo que te habrás dado cuenta de que yo no soy un pez cualquiera, un pececito de tres por cuatro, ¿no es cierto?

—En fin —empezó a decir Ramón Gariboto, sin dejar ni por un momento de afeitarse y decidido ya a no dejarse patotear por el primer salmón que se le apareciera en la canilla. Le diré: usted no me parece muy diferente de otros peces… Salvo porque habla, claro.

Y miró de reojo al pez, que empezaba a enojarse nuevamente.

—¡Será posible! —chilló el salmón—. Una vez cada cinco mil años tengo posibilidades de charlar con un humano y me viene a tocar un ignorante como éste. ¡Qué desgracia! ¡Qué decadencia!

Casi con medio cuerpo fuera del agua el salmón enfrentó a Ramón Gariboto y le dijo:

—Yo soy el pez de la suerte, señor mío. Otorgo deseos. No me va a decir que nunca oyó hablar de mí. ¡Soy famosísimo!

—Si usted es el pez de la suerte, ¡cómo serán los peces de la mala suerte! —se burló Ramón.

Ramón Gariboto estaba decidido a no tomarse demasiado en serio al salmón, al fin de cuentas un pez que hacía su entrada triunfal por una canilla no parecía un pez muy formal.

—Bueno, estoy esperando —dijo el salmón, un poco ofendido por la indiferencia de Ramón.

—¿Y qué es lo que espera, si puede saberse? —preguntó Ramón mientras se pasaba la toalla por la cara.

—¿Cuál es tu primer deseo?

Ramón Gariboto no quería perder la calma, eso estaba bien claro, pero tampoco quería perder la oportunidad. Y nunca le había pasado que alguien le preguntara así como así cuál era su primer deseo.

Antes de hablar quiso asegurarse:

—¿Cuántos deseos tengo?

—Tres, claro está —volvió a enojarse el pez—. Decime: ¿vos nunca leíste un cuento?

Entonces Ramón se miró al espejo: tenía los ojos peinados, el pelo descubierto y la cara lisita… Después miró por la ventana del baño y vio una paloma revoloteando por ahí cerca.

—¡Ya sé! —gritó de pronto, sin sacar los ojos de la ventana—. Quiero volar como una paloma.

—¡Todos piden los mismo! —se quejó el pez—. Bueno, tu deseo será concedido. Ya podés volar.

Ramón Gariboto se acercó al balcón y miró hacia abajo. Vivía en un cuarto piso, de modo que no era cuestión de saltar así como así para ver qué pasaba. En una de esas el pez había perdido sus poderes o sencillamente era un pez mentiroso y lo había engañado.

Entonces Ramón Gariboto bajó en piyama hasta la planta baja (pero por las escaleras), salió a la vereda, estiró los brazos, los agitó hacia arriba y hacia abajo… y voló. Voló alto, voló bajito, revoloteó, subió en picada hasta la altura del cuarto piso y volvió a entrar al departamento (pero por el balcón, que por suerte había dejado abierto).

No fue un aterrizaje muy prolijo: tiró tres macetas, el pantalón del piyama se le enganchó en uno de los barrotes y se torció un tobillo al apoyar los pies.

—Es cuestión de practicar —se dijo Ramón—, con el tiempo me va a salir mejor que a Súperman.

Revoloteó hasta el techo de la habitación para buscar un pulóver amarillo con rayas rojas que estaba en el estante más alto del placard.

Cuando fue a la cocina a prepararse el mate cocido sintió un dolorcito, un extraño dolorcito de panza.

—¡Qué raro! Me duele la panza… —dijo en voz alta.

—Claro —comentó el pez desde el baño—, estarás por poner un huevo…

Ramón Gariboto corrió desesperado hasta la piletita, donde el salmón nadaba serenamente.

—¿¡Por poner un huevo!? ¡¿Cómo “por poner un huevo”?! ¿Quién dijo que yo pongo huevos?

—Yo lo digo —aseguró el pez—. Todas las palomas ponen huevos.

—Pero yo no soy una paloma —se defendió Ramón—, ¡jamás he sido una paloma! —lloraba.

—¡Quién entiende a los humanos! —suspiró el salmón—. Acabás de decirme que querés volar como una paloma… ¿Qué te hace suponer que se puede volar como una paloma sin estar obligado a poner huevos como una paloma?

—Yo quise decir “palomo”.

—Pero dijiste “paloma”.

—Mirá que te saco el tapón de la piletita…

—Mirá que te dejo poniendo huevos para el resto de tu vida.

Ramón Gariboto miraba al salmón.

El salmón no le quitaba los ojos de encima a Ramón Gariboto.

Ramón Gariboto no estaba acostumbrado a poner huevos. Y no le gustaba nada la idea de tener que empollarlos. Además, ¿qué iba a pensar su novia?

—Voy a pedir mi segundo deseo —dijo por fin.

—Sea —dijo el pez, haciéndose el pez del cuento.

—Quiero dejar de volar como una paloma, y de poner huevos como una paloma.

—Tu deseo está concedido —dijo el pez, con una sonrisita que a Ramón no le gustó nada.

El dolorcito desapareció de inmediato. Y cuando Ramón Gariboto quiso buscar la bufanda del estante de arriba del placard… tuvo que subirse a una banquito, por supuesto.

—¡A ver, che! —lo llamó el pez desde el baño.

Ramón frunció el ceño y fue hasta el baño, cada vez más molesto con el pez tan grosero y confianzudo.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—A ver si le ponés un poco más de agua a esta pileta que me estoy quedando en seco. Y andá pensando el tercer deseo, eh, que ya estoy cansado de esperarte.

Ramón echó un poco más de agua en la piletita y quiso saber:

—Y después del tercer deseo, ¿qué?

—Y, nada más —dijo el pez—. Me quedo a vivir acá con vos por un tiempito… Claro que no en esta pileta de morondanga, te imaginarás. Lo menos que podés hacer por mí es instalarme un acuario como la gente, con plantas caracoles, cascadas… En fin, yo ya te voy a ir diciendo… y entonces…

Ramón Gariboto volvió a mirarse en el espejo: tenía los ojos redondos de susto. Se imaginó cómo serían sus días con ese pez antipático ocupando la mayor parte de su departamento de un ambiente, charlando todo el día como un loro, dándole órdenes, gritándole, patoteándolo…

De pronto, Ramón Gariboto supo cuál iba a ser su tercer deseo.

No quería volverse chiquito como una arveja.

Tampoco quería crecer como un obelisco.

No quería volverse invisible, ni volverse rico, ni volverse valiente, ni volverse hermoso…

—Señor salmón, estése atento: voy a pedir mi tercer deseo antes de que se me enfríe el mate cocido —dijo.

—¡Era hora! ¿Cuál es tu tercer deseo?

—¡Quiero que usted se vaya por donde vino! ¡Y pronto! —gritó Ramón Gariboto con una sonrisa triunfal.

El salmón entrecerró los ojos, echó hacia un lado la cabeza y dijo:

—Tu deseo será concedido… Pero no te vayas a creer que me voy a ir sin antes decirte que es la primera vez en los ochenta y siete mil novecientos quince años de vida que tengo que me pasa algo semejante… La ignorancia de la gente, que…

—¡Dije “pronto”! —repitió Ramón Gariboto, y abrió la canilla.

El pez empezó a remontar el chorro de agua.

—Menos mal que los salmones sabemos nadar en contra de la corriente —dijo.

Y eso fue lo último que dijo.

Un par de minutos después, sólo se veía la cola tornasolada moviéndose en la punta del caño.

Ramón Gariboto cerró la canilla, sacó el tapón de la piletita, se puso el pulóver amarillo con rayas rojas, se enroscó la bufanda, se tomó el mate cocido y salió a la calle.

Como todas las mañanas de los Días de Morondanga caminó hacia el quiosco de diarios y revistas que quedaba justo en frente de su casa.

En el techó de latón del quiosco se había posado una paloma.

Ramón Gariboto la miró y le preguntó de sopetón al diariero:

—Don Luis, dígame la verdad, ¿qué opina usted de los salmones?



☺

FIN


Doña Clementina Queridita, la achicadora
Graciela Montes
Colección: Libros del Malabarista
Páginas: 80
Editorial: Ediciones Colihue
http://www.colihue.com.ar/fichaLibro?bookId=313
Año de edición: 1985
Destinatarios: niños y jóvenes - Ficción


Reseña:
El vecindario todo está alborotado porque, cada vez que Doña Clementina abre la boca, aquel a quien se dirije se vuelve más chiquito. Como si fuera poco, Macedonio tiene una casa tejida, don Ramón habla con un pez que salió de la canilla y los cabellos de Julia no dejan de crecer... Cuentos donde ocurren cosas tan fantásticas que no se pueden creer.

Índice
Carta a los chicos – Pág. 5
Doña Clementina Queridita, la achicadora – Pág. 11
Historia de un Ramón, un salmón y tres deseos – Pág. 29
Julia, la de los pelos largos– Pág. 49
La casa más abrigada del mundo – Pág. 65


Visto y leído en:
http://www.colihue.com.ar/fichaLibro?bookId=313
https://es.scribd.com/doc/62460991/35-Cuentos-Para-Primaria-2011
http://www.escuela359.edu.ar/s/index.php?seccion=9&id=289
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/graciela-montes.html




La familia Delasoga era muy unida. O, por lo menos muy atada.

Juan Delasoga y María Delasoga se habían atado un día de primavera con una soguita blanca, larga, flexible, elástica y resistente. Y desde ese día no se habían vuelto a separar.

Lo mismo había pasado con Juancho y con Marita, los hijos de Juan y María. En cuanto nacieron, los ataron. Con toda suavidad, pero con nudos.

No es tan difícil de entender si uno lo piensa.

Marita, por ejemplo, estaba atada a su mamá, a su papá y a su hermano: en total, tres soguitas blancas anudadas a la cintura.

Y lo mismo pasaba con Juancho. Y con Juan. Y con María.


Claro que no era fácil acomodar tanta soga; había peligro de galletas, de sacudidas, de tropezones. Pero con el tiempo se habían acostumbrado a moverse siempre con prudencia y a no alejarse nunca demasiado.

Por ejemplo, cuando se sentaban a la mesa era más o menos así


Y cuando se acostaban a dormir.

Y cuando salín a pasear los domingos por la mañana.

Los Delasoga eran expertos en ataduras. La soga con que se ataban no era una soga así nomás, de morondanga; era una espléndida soga, elástica y extensible.

Así que cuando Juancho y Marita iban a la escuela, que quedaba a la vuelta, María podía quedarse en su casa haciendo la comida, casi como si tal cosa, salvo que la cintura le molestaba un poco porque la soguita estaba tensa…y tiraba.

Lo mismo pasaba cuando Juan iba al taller que, por suerte, quedaba al lado. A la hora de la leche no era raro ver a María, a Marita y a Juancho mirando la televisión mientras tres sogas los tironeaban un poco hacia la calle, porque el papá todavía no había vuelto.

De un modo o de otro, los Delasoga se las arreglaban.

Aunque, claro, había cosas que no podía hacer. Por ejemplo: Juancho nunca había podido salir a dar una vuelta a la manzana con sus patines.

Y eso era bastante grave porque Juancho tenía un par de patines relucientes con rueditas amarillas.


Pero ¿qué soga podía aguantar una vuelta a la manzana en dos patines?

A María le hubiese gustado visitar a su amiga Encarnación, la de Barracas. Pero ¡qué esperanza! No se había inventado todavía una soga tan resistente. Eso a María le daba un poco de pena porque era lindo charlar con Encarnación de tantas cosas.


Y Juan también. A Juan le hubiera encantado ir a la cancha a cantar a lo loco un gol de Ferro. Pero no; no podía: la soga no daba para tanto. Y eso a Juan, muy en secreto le daba un poco de rabia.

Y Marita, por no ser menos, también tenía sus ganas: ganas de pasear solita hasta el quiosco. Sola, no, ahí estaban las sogas, las tres soguitas blancas, flexibles y resistentes.

Y así siempre. Por años. Cuando una soga se ponía vieja, deshilachada y roñosa, la cambiaban por otra nueva, blanca y flamante.


Los Delasoga ya habían gastado más de quince rollos de soga de la buena, y habrían gastado muchísimos rollos más de no haber sido por la tijera brillante.


Bueno, en realidad la tijera brillante siempre había estado allí, en el costurero, hundida entre botones y carreteles. Pero nunca había brillado tanto como esa tarde. En una de esas porque era una tarde de sol brillante como una tijera.

Los Delasoga estaban, como siempre, atados.

María cosía un pantalón gris y aburrido.

Marita miraba cómo María cosía.


Juancho miraba cómo miraba Marita a María que cosía.

Juan miraba a Juancho mirar a Marita, que miraba a María, que cosía.

Y la tijera brillaba.

Cada tanto María la agarraba y —tris tras— cortaba la tela.

Y, mientras cosía, miraba las soguitas enruladas en montoncitos blancos sobre el piso.


En realidad María nunca había pensado mucho en las sogas. Ahora, de pronto, las miraba mejor, las miraba fijo, y se daba cuenta de que les tenía rabia.

Entonces sucedió, por fin, lo que tenía que suceder de una vez por todas.
María agarró la tijera y —tris tras— no cortó el pantalón gris; cortó la soga. Una soga cualquiera, la que tenía más cerca. Y después otra soga. La tercera y la cuarta las cortó Juan. Y Marita y Juancho cortaron una cada uno.


Las soguitas cortadas se cayeron al piso y se quedaron quietas.


¡Pobrecitos Delasoga! No estaban acostumbrados a vivir desatados. Al principio se asustaron muchísimo y casi casi salen corriendo a comprar otro rollo.

Pero después Juan dijo en voz baja:

—Casi casi… me iría a la cancha de Ferro, que hoy juega con River.

Y María dijo en voz alta:

—Casi casi… me iría a visitar a Encarnación, la de Barracas.

Y Juancho corrió a buscar los patines de las ruedas amarillas.

Y Marita dijo chau y se fue al quiosco del andén a elegirse dos revistas.


Esta vez los cuatro Delasoga pasaron cuatro tardes, todas distintas.

Se volvieron a encontrar a la nochecita. Estaban cansados, porque no era fácil andar solos y para cualquier lado.

Juan y María se abrazaron muy fuerte y se contaron cosas.

Juancho contó, mientras se desataba los patines, que en el barrio tenía un amigo que se llamaba Bartolo.

Marita contó que, junto al quiosco del andén, siempre había campanillas azules y geranios rojos.

De la soga no hablaron más. ¿Para qué iba a hablar de sogas una gente tan unida?




FIN



La familia Delasoga
(Serie celeste)
Graciela Montes
Marín (Ilustrador)
Colección: Del Pajarito Remendado
Editorial: Ediciones Colihue
http://www.colihue.com.ar/fichaLibro?bookId=376
Año de edición:1985



Reseña:
Esta familia quiere estar tan pero tan unida que sus miembros están atados con sogas los unos a los otros. Es lindo estar ligados a papá y mamá, a los hermanitos, pero trae muchas dificultades prácticas a la hora de desplazarse. Y a veces se quiere dar un paseíto independiente. La solución es darse cuenta de cuál es la verdadera unión.


Visto y leído en:

EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
PL 1er Ciclo Pajarito Remendado Cuentos de Grandes Autores Argentinos

http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/03/pl-1er-ciclo-pajarito-remendado-cuentos.html
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/graciela-montes.html

CIIE Marcos Paz - Biblioteca Digital Julio Cortázar
https://sites.google.com/view/bibliotecajuliocortazar/montes-graciela


Cuento» HUEVO


Esta historia empieza con un huevo. Eso no sería tan raro, porque, en realidad, la mayor parte de las historias empiezan con un huevo. Lo raro de esta historia es que también termina con un huevo; eso la convierte en una historia peligrosa.

El primer huevo, el huevo del principio, es el huevo de un Tragapantavoracissimus, más conocido como monstruo tragón. De modo que esta historia empieza con un huevo lisito y brillante, entre rosado y violáceo, de cáscara casi transparente y de medida estándar: dieciocho metros de alto y catorce de ancho, o bien catorce de alto y dieciocho de ancho (convengamos que no es fácil medir un huevo).

Hasta aquí, nada raro. Hasta aquí, todo normal.

El Tragapanta rompió el cascarón con su diente único y poderoso y nació (o algo así, con los tragapanta nunca se sabe).

Corrían tiempos difíciles para los monstruos tragones. Me refiero a que no era fácil conseguir comida, y menos que menos comida sana, nutritiva, buena de digerir.

Los plesiosaurios, por ejemplo, que abundaban —y mucho— por ese entonces, nunca les cayeron del todo bien a los tragones. Bastaba que se comiesen un plesiosaurio en ayunas para que se pasasen regurgitando todo el santo día.

Tampoco les resultaban demasiado codiciables los tiranosaurios: las escamas de la nuca y sobre todo la cresta dentada les raspaban dolorosamente la garganta.

Las piedras que arrojaban día y noche los volcanes, aunque sabrosas, no les significaban más que un aperitivo, y cada vez era más difícil cazar al vuelo algún que otro globital, esos bellos pájaros de escamas brillantes y carnes tiernas que anidan en las nubes del atardecer. En fin, que la vida no empezó demasiado bien para el monstruo de nuestra historia.

Pero, con todo, nació. Y nació dispuesto a todo. Quiero decir que, en cuanto nació, empezó a tragarse el mundo. (Tampoco eso tiene nada de raro: todos empezamos a tragarnos el mundo en cuanto nacemos.)

El pobre tenía demasiada hambre y muy poca comida. Y, peor aún: no hubo ninguna madre tragapanta que anduviese de aquí para allá acarreando pterosaurios en el pico. Los monstruos tragones nacen huérfanos, pobrecitos, y tienen que vérselas a solas con el mundo desde el primer momento.

Bueno, para hacerla corta: empezó por dos o tres dinosaurios que encontró al paso. Siguió por la montaña en cuya ladera estaban aún diseminados los trozos más rosados y más brillantes de la cáscara del huevo. Avanzó sobre un valle lleno de pterodáctilos. Se tomó tres océanos de un solo sorbo. Para la hora del almuerzo ya había tragado la cadena montañosa más elevada de la época, incluidos los animalejos que vivían en sus grietas. Merendó siete bosques recién nacidos y se bebió, uno a uno, los trescientos mil ríos, riachos y arroyitos que antes fluían hacia los mares y que ya para esa hora, a falta de mares, andaban de acá para allá, vagando como perdidos. Al caer la noche ya se había tragado todo el planeta, y todavía sentía el estómago vacío.

Emigró hacia el sol y se lo tragó de un trago. El resto de los planetas y todas sus lunas le sirvieron de postre. Se supone que esa noche durmió tranquilo: afuera estaba oscuro y la panza se sentía tibia, con el sol adentro.

Se sabe que emigró después hacia otros puntos de la galaxia, y luego hacia otras galaxias, llenas de puntos.

Eso sucedió hace mucho pero mucho tiempo. Los eructos y los suspiros del tragapanta van señalando el paso de los años.

Y no habría de qué asustarse. Acá adentro todo anda más o menos bien. Seguimos teniendo un sol que brilla (siempre y cuando no amanezca nublado). Hay estrellas, bosques, volcanes. Los ríos fluyen otra vez hacia los mares. No hay dinosaurios, es cierto, pero al menos hay monos, yacarés, leones. O tan siquiera gatos y perros, canarios, tortugas. No está tan mal vivir acá. O no estaría. Lo malo es lo que está por suceder. O, mejor dicho, lo que sucedió esta mañana.

Según el noticiero de las ocho —que, como todo el mundo sabe, sólo se apoya en fuentes fidedignas—, acaba de aparecer un huevo entre rosado y violáceo en la ladera sur del Aconcagua. Lisito, brillante, de cáscara casi transparente y de medida estándar.



FIN

© Graciela Montes


En Cuentos Argentinos. Antología para gente joven,
Alfaguara, Buenos Aires, 1998.




Sinopsis: A cada uno de los autores aquí reunidos - exponentes indiscutibles de la mejor literatura argentina para niños y adultos - se le pidió un cuento que, por su temática o su tratamiento, estuviera dirigido a lectores jóvenes. El resultado es esta antología, integrada por quince relatos - en su mayoría inéditos - que abarcan todos los registros y enfoques de un género fascinante.
Del humor al terror, del realismo intimista a lo fantástico, estos cuentos escritos por argentinas y argentinos de hoy proponen el camino de la imaginación, el juego y la aventura. La meta de ese trayecto no es otra que descubrir o reafirmar el incomparable placer de la lectura.

Índice de contenidos de este libro

Prólogo……… Pág.7

Flores, Jorge Accame……… Pág.11
Una mujer alada, Adela Basch……… Pág.17
En puntas de pies, Elsa Bomemann……… Pág.23
Los tres apuntes de Tim, Oche Califa……… Pág.31
Una de terror, Pablo De Santis……… Pág.39
Mar de fondo, Laura Devetach……… Pág.47
Lo mejor que se tiene, Griselda Gambaro……… Pág.53
Las luces del puerto de Waalwijk vistas desde el otro lado del mar, Angélica Gorodischer……… Pág.65
Huérfano, Ricardo Mariño……… Pág.71
Huevo, Graciela Montes……… Pág.81
El diosito, Gustavo Roldán……… Pág.87
Marilin se ramifica, Silvia Schujer……… Pág.93
Princesa, mago, dragón y caballero, Ana María Shua……… Pág.99
Novios de madre, María Elena Walsh……… Pág.119
Ciencias naturales, Ema Wolf……… Pág.139
Noticia sobre autoras y autores……… Pág.151


Visto y leído en:

La Púrpura de Tiro

http://www.lapurpuradetiro.com.ar/index.php/numeros-anteriores/item/386-huevo




Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de Florida. Pero no es culpa mía: en Florida pasa cada cosa que una no puede menos que contarla.

Como la historia esa del Club de los Perfectos.

Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club.

Alguno de ustedes preguntará quiénes eran los Perfectos. Bueno, los Perfectos de Florida eran como los Perfectos de cualquier otro barrio, así que cualquiera puede imaginárselos.

Por ejemplo, los Perfectos no son gordos pero tampoco son flacos.

No son demasiados altos, y mucho menos petisos.

Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las uñas.

Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima.

No son miedosos. Ni confianzudos.

No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido.

Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden “por favor” y jamás hablan con la boca llena.


Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que digamos.

Es más, eran muy pocos. Tan pocos que había calles, como Agustín Álvarez, donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa. Pero –pocos y todo–decidieron formar un club porque todo el mundo sabe que a los Perfectos sólo les gusta charlar con Perfectos, comer con Perfectos y casarse con Perfectos.

El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran el Deportivo Santa Rita y el Social Juan B. Justo.

El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados por la tarde se llenaba de floridenses porque los sábados por la tarde se jugaban partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo.

El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la noche los floridenses que querían ponerse de novio se reunían a bailar con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas.


Pero el Club de los Perfectos era otra cosa.

Para empezar, no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la calle Warnes, con grandes ventanales y una verja alta de rejas negras.

Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y margaritas, sólo palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros de hojas lustrosas.

Los sábados por la noche, los Perfectos llegaban al club con sus ropas planchadas y sus corbatas brillantes. Como eran perfectamente puntuales llegaban todos juntos.

Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla deslumbrante. Comían tranquilos y educados. Masticaban bien. Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia. Ni ganas.
Ni celos. Ni frío.

Tan diferentes eran, que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir a visitar el Club de los Perfectos.


Bueno, visitar es una manera de decir porque al club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás miraban de afuera.


Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el partido, los del Deportivo Santa Rita se venían en patota a la calle Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B. Justo, las parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles una ojeadita a los Perfectos.

Los floridenses se apretaban todos junto a la verja.

Eran un montón, pero ninguno era perfecto. Estaba doña Clementina, llena de arrugas; el nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en los dientes, chicos que a veces se comían las uñas, chicos que a veces se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los dientes en los sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas un poco despeinadas porque había viento.

Los sábados por la noche, el Club de los Perfectos estaba siempre rodeado de floridenses. Y fue por eso que, cuando pasó lo que tenía que pasar, hubo muchos que pudieron contarlo.

Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre reunidos alrededor de la mesa, perfectamente bronceados porque era verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que tenía que pasar.

Pasó una cucaracha.

Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el mantel almidonado y empezó a caminar perfectamente serena, por entre los platos.

El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas, perfectamente rubio. La cucaracha se acercaba, pacíficamente, hacia su plato.

El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque volcó la silla, empujó con el codo el plato decorado, que se estrelló contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la Perfecta de vestido blanco.

La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente, seguía recorriendo la mesa, desviándose sin sobresaltos cuando se le interponía algún plato.

Los Perfectos en cambio sí que parecían sobresaltados. Había algunos que se subían a las sillas y gritaban pidiendo ayuda, y otros que se comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones.

Había algunos que lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se reían a carcajadas.

El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y copas volcadas. Y serena, parsimoniosa, la manchita negra y lustrosa proseguía su camino.


Los floridenses que estaban junto a la reja al principio no entendían. Se agolpaban para ver mejor, los de la primera fila les pasaban noticias a los de atrás. Aníbal, el relator de los partidos amistosos, se trepó a lo alto de la verja y empezó a transmitir los acontecimientos:

–El Perfecto de la Camisa a Cuadros se cae de espaldas. Rueda. Quiere ponerse de pie, trastabilla y cae sobre la Perfecta del Collar de Nácar. La Perfecta del Collar de Nácar pierde la peluca. Se arroja al suelo y camina en cuatro patas tratando de recuperarla. El Perfecto del Traje Azul tropieza con ella, pierde el equilibrio y cae… Cae también su dentadura, que golpea ruidosamente contra la pata de la mesa…

Arrugados, despeinados, manchados y llorosos, los Perfectos fueron abandonando la casa de la calle Warnes. Los floridenses los miraban salir y no podían casi reconocerlos. Algunos estaban pálidos. Otros parecían viejos. Algunos, si se los miraba bien, eran francamente gordos. Y todos, uno por uno, estaban muertos de miedo.

A los floridenses más burlones les daba un poco de risa.

Los floridenses más comprensivos les sonreían y les daban la bienvenida: al fin de cuentas no era tan malo estar de este lado de la reja.

De más está decir que ese mismo día se disolvió el Club de los Perfectos.

Y cuentan en el barrio que los sábados por la tarde algunos de los que fueron sus socios llegan cansados y hambrientos al Deportivo Santa Rita y que otros van, un poco despeinados, al Social Juan B. Justo.

Cuentan también que en la casa de la calle Warnes ahora crecen malvones.

Y parece que así es mucho mejor que antes.



FIN




© Graciela Montes.
© Ediciones Colihue S.R.L.


Visto y leído en:

El Libro de Lectura del Bicentenario.
Primaria I. Plan Nacional de Lectura

Ministerio de Educación de la Nación
Secretaría de Educación. República Argentina, 2010
Ilustraciones: Mónica Pironio / Ivana Calamita

http://planlectura.educ.ar/wp-content/uploads/2015/12/El-libro-de-lectura-del-Bicentenario-Primaria-1.pdf

Aviso que este es un cuento de miedo: trata de un pueblo, de un ogronte y de una nena. El ogronte no tenía nombre, pero la nena, sí: algunos la llamaban Irenita, y yo la llamo a mi modo: Irulana.

Conviene empezar por el ogronte, porque es lo más grande, lo más peludo y lo más peligroso de esta historia.

No todos los pueblos tienen un ogronte. Pero algunos tienen, y éste tenía.

Cuando se terminaba la tarde y el sol se ponía rojo (porque en los cuentos también se ponen rojos los soles), la cabeza peluda del ogronte brillaba como la melena de un león inmenso. Y la gente del pueblo sentía mucho miedo.

La gente, en cuanto se despertaba a la mañana, pensaba: ¿Cómo habrá amanecido el ogronte hoy?

Era importante saber cómo había amanecido el ogronte. Por ejemplo, si el ogronte estaba resfriado, había que reforzar las puertas y las ventanas para que no se abrieran de golpe con los estornudos. Y no se podía sacar a pasear a los perros demasiado chiquitos porque podían rodar calle abajo y volarse hasta la orilla del río.

En cambio, si el ogronte se ponía a picar cebolla (las cebollas crudas y las nubes del amanecer bien cocidas son las comidas preferidas de la mayor parte de los ogrontes), había que salir con botas, y hasta con botes llegado el caso.

Si estaba contento y carcajeaba, había que guardar los floreros en los roperos para que no se cayeran al suelo con los temblores.

Si se ponía a cantar, había que envolver con trapos los espejos.

Y si estaba enojado… Bueno, todos cuidaban mucho que el ogronte no se enojara.

Siempre le decían: “Buenos días, señor Ogronte” y “Buenos noches, señor Ogronte”, con muchísimo respeto. Y todas las tardes iban hasta el pie de la montaña y le dejaban canastos repletos de cebolla, vacas muy gordas y flores de colores raros. Y le hacían una gran torta para el día de su cumpleaños. Y le cantaban canciones para que durmiese. Todo para que no se enojase. Pero igual un día el ogronte se enojó.

Se enojó porque sí (¡vaya uno a saber por qué se enojan los ogrontes!).

Se notó que se había enojado porque empezó a gritar y a rugir y a mover los brazos en el aire como un molino. Y porque sus dientes enormes (no se imaginan ustedes lo enormes y lo filosos que son los dientes de los ogrontes enojados) brillaban más que su melena del atardecer.

El pueblo entero se arrugó de miedo.

De miedo a que lo comieran. Porque ya se sabe que los ogrontes, cuando se enojan, se comen pueblos enteros, con sus casas, sus personas, sus calles y sus kioscos. Y sus perros. Y las petunias de sus jardines. Y sus tarros de galletitas. Y sus boletos capicúa. Y sus estaciones, con trenes y todo.

La gente salió corriendo. Algunos iban con las orejas tapadas (taparse las orejas no protegía del enojo del ogronte, pero al menos ayudaba a que sus rugidos molestasen menos).

Pero yo dije al principio que éste era el cuento de un pueblo, de un ogronte y de una nena. Ahí está la nena – ¿la ven? – es esa de rulitos en la cabeza: Irulana. Es la única que no corre.


A mí no me pregunten por qué no corrió Irulana. Vaya uno a saber por qué no salen corriendo las Irulanas cuando vienen los ogrontes. Los que contamos los cuentos no tenemos por qué saberlo todo.

Yo lo único que sé es que Irulana no corrió sino que se sentó a esperar en un banquito.

Tal vez era muy valiente.

Tal vez era un poco chiquita.

Tal vez estaba demasiado cansada.

Se sentó en un banquito verde en una calle vacía (todas las calles estaban vacías en ese pueblo).

Cuando se terminó la tarde y el sol se puso rojo, la cabeza peluda del ogronte brilló más que nunca. Los dientes brillaron más todavía, y rugidos enormes sacudieron el suelo.

Irulana tuvo miedo. Y más miedo tuvo cuando vio que el ogronte se empezaba a mover.

"Ahora viene y se come al pueblo", pensó Irulana.

Y, efectivamente (no se olviden de que yo avisé que éste era un cuento de miedo): en cuanto llegó la tarde el ogronte empezó a comerse el pueblo. (Ya sé que esto es terrible, pero qué se le va a hacer, así son los ogrontes).

Empezó por el ferrocarril: enroscaba las vías en un dedo y después las sorbía como si fueran tallarines.

Masticaba las casas como si fueran turrón. Y de tanto en tanto les daba un mordisquito a dos o tres árboles que había arrancado de raíz y que llevaba como un manojo de apio en la mano.

(Miren: acá la dibujante se asustó tanto que dejó el dibujo sin terminar y salió corriendo)


Fue haciendo arrolladitos con las calles y se las masticó despacio. La plaza la dobló en cuatro como un panqueque y se la comió con gusto (seguramente era dulce). Si alguna petunia se le escapaba de la boca la empujaba con el dedo hacia adentro.

Y comió y comió. Se lo comió todo (tengan en cuenta que los ogrontes son muy grandes y este era un pueblo chico).

Bueno, ahora el que se achicó es el cuento, porque empezó con un pueblo, una nena y un ogronte, y ahora ya no hay más pueblo. No hay nada más que una nena y un ogronte.

Y nada pero nada más.

Nada de nada: ni un arbolito, ni una petunia, ni un vestidito de muñeca, ni un colador de té, ni una polilla, ni la pelusa de un bolsillo. Nada más que Irulana en su banquito y un ogronte enorme que –aunque ustedes no lo vean porque el dibujo se terminó antes- está bostezando.


Está bostezando porque a ese ogronte, siempre que se comía un pueblo entero, le venía el sueño.

Pero Irulana no sabe que el ogronte bosteza. Tiene tanto miedo que cerró los ojos.

El ogronte da uno, dos, tres pasos más (y los pasos de los ogrontes llevan muy lejos) y, justo justo cuando está por descubrirla a Irulana en su banquito, se queda dormido. (Acá en esta página está todo un poco movido porque el ogronte se quedó dormido de golpe y cayó al suelo haciendo mucho ruido.)

Ahí fue cuando Irulana abrió los ojos y lo vio. Parecía una montaña, pero seguramente era un ogronte porque las montañas no usan botas lustrosas ni cinturones de cuero. Y roncaba, además, como sólo roncan los ogrontes.

Irulana era una nena valiente, pero también era chiquita, y se sentía sola. Cualquiera se sentiría solo en el lugar de Irulana. No tenía nada en el mundo. Nada más que un ogronte dormido y un banquito verde. Y eso no es nada. Es muy poquito.

Sobre todo cuando el aire se pone negro y se viene la noche oscura.
Oscura pero oscura oscura, oscurísima y oscura. La luna no había salido todavía y las estrellas estaban demasiado lejos.

Esta página de acá está toda oscura y toda vacía. Así de oscuro y de vacío estaba el mundo.


Entonces Irulana se puso de pie en su banquito, que, como estaba tan negro todo, ni siquiera era un banquito verde, y gritó bien pero bien fuerte, lo más fuerte que pudo gritar: ¡IRULANA!

Eso gritó. Una sola vez. Y, aunque Irulana tenía una voz chiquita, el nombre resonó muy fuerte en medio de lo oscuro.

Y el nombre creció y creció. La i, por ejemplo, tan flaquita que parecía se estiró muchísimo (no se quebró, porque era un i muy fuerte), y se convirtió en un hilo largo y fino que se enroscó alrededor del ogronte, de la cabeza del ogronte, de los pies del ogronte, de las manos del ogronte, de la panza inmensa donde estaba todo el pueblo.

Y la r se quedó sola en el aire, rugiendo de rabia, porque las r rugen muy bien, mejor que nadie.

Y la u se hundió en la tierra y cavó un pozo profundo, el más profundo del mundo.

Y entonces la r, que rugía como una mariposa furiosa, hizo rodar el ogronte hasta el fondo de la tierra.

En una de esas ustedes ponen cara de "no puede ser", y se ríen y dicen que una palabra no puede hacer esas cosas. Y yo digo que sí puede. Prueben, si no, de decir una palabra importante, una sola, en medio de la noche oscura y al lado de un ogronte…

La "lana" de Irulana se hizo un ovillo redondo y voló al cielo para tejer una luna. Hizo bien, porque entre una lana y una luna no hay tanta diferencia. Entonces la noche se iluminó.

Aquí está, toda iluminada. Ahora sí se puede ver bien lo que pasa en este cuento. Hay un ogronte enterrado en un pozo muy profundo, tan profundo que casi ni se ve que lo ataron como un matambre. Y hay una nena chiquita que mira la luna llena desde arriba de un banquito.

Parece que no hubiera nada más pero, si miran bien, allá lejos, en el fondo de la hoja, hay un montón de gente que vuelve. Si acercan la oreja al papel, tal vez oigan la música. Porque traen guitarras, violines y panderetas. Vienen a fundar un pueblo.

Y este cuento se termina más o menos como empieza: "había una vez un pueblo y una nena.
Ogronte, en cambio, no había (algunos pueblos tienen ogronte, pero éste no tenía)…” Es un cuento un poco igual y un poco diferente.

Eso sí, seguro que no es de miedo.



FIN




❀¸¸¸.•*´¯`✿

Autora: Graciela Montes.
Ilustradora: Claudia Legnazzi.
Editorial Colihue.

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Visto y leído en:

Blog: Trabajos de Jornada Ampliada - C.E. "Lucio V. Mansilla" (Slideshare)
http://www.trabajosdejornadaampliada.blogspot.com.ar/2011/04/3-grado-irulana-y-el-ogronte-literatura.html




Humberto estaba muy triste entre los yuyos del charco.
Ni ganas de saltar tenía. Y es que le habían contado que las mariposas del Jazmín de Enfrente andaban diciendo que él era sapo feúcho, feísimo y refeo.

—Feúcho puede ser —dijo, mirándose en el agua oscura—, pero tanto como refeo... Para mí que exageran... Los ojos un poquitito saltones, eso sí. La piel un poco gruesa, eso también.

Pero ¡qué sonrisa!

Y después de mirarse un rato le comentó a una mosca curiosa pero prudente que andaba dándole vueltas sin acercarse demasiado:

—Lo que a mí me faltan son colores. ¿No te parece? Verde, verde, todo verde. Porque pensándolo bien, si tuviese colores sería igualito, igualito a las mariposas.

La mosca, por las dudas, no hizo ningún comentario.
Y Humberto se puso la boina y salió corriendo a buscar colores al Almacén de los Bichos.

Timoteo, uno de los ratones más atentos que se vieron nunca, lo recibió, como siempre, con muchas palabras:

—¿Qué lo trae por aquí, Humberto? ¿Anda buscando fosforitos para cantar de noche? A propósito, tengo una boina a cuadros que le va a venir de perlas.

—Nada de eso, Timoteo. Ando necesitando colores.

—¿Piensa pintar la casa?

—Usted ni se imagina, Timoteo, ni se imagina.

Y Humberto se llevó el azul, el amarillo, el colorado, el fucsia y el anaranjado. El verde no, porque ¿para qué puede querer más verde un sapo verde?

En cuanto llegó al charco se sacó la boina, se preparó un pincel con pastos secos y empezó: una pata azul, la otra anaranjada, una mancha amarilla en la cabeza, una estrellita colorada en el lomo, el buche fucsia. Cada tanto se echaba una ojeadita en el espejo del charco.

Cuando terminó tenía más colorinches que la más pintona de las mariposas. Y entonces sí que se puso contento el sapo Humberto: no le quedaba ni un cachito de verde. ¡Igualito a las mariposas!

Tan alegre estaba y tanto saltó que las mariposas del Jazmín lo vieron y se vinieron en bandada para el charco.

—Más que refeo. ¡Refeísimo! —dijo una de pintitas azules, tapándose los ojos con las patas.

—¡Feón! ¡Contrafeo al resto! —terminó otra, sacudiendo las antenas con las carcajadas.

—Además de sapo, y feo, mal vestido —dijo una de negro, muy elegante.

—Lo único que falta es que quiera volar —se burló otra desde el aire.

¡Pobre Humberto! Y él que estaba tan contento con su corbatita fucsia.

Tanta vergüenza sintió que se tiró al charco para esconderse, y se quedó un rato largo en el fondo, mirando cómo el agua le borraba los colores.

Cuando salió todo verde, como siempre, todavía estaban las mariposas riéndose como locas.

—¡Sa-po verde! ¡Sa-po verde!

La que no se le paraba en la cabeza le hacía cosquillas en las patas.

Pero en eso pasó una calandria, una calandria lindísima, linda con ganas, tan requetelinda, que las mariposas se callaron para mirarla revolotear entre los yuyos.

Al ver el charco bajó para tomar un poco de agua y peinarse las plumas con el pico, y lo vio a Humberto en la orilla, verde, tristón y solo. Entonces dijo en voz bien alta:

—¡Qué sapo tan buen mozo! ¡Y qué bien le sienta el verde!

Humberto le dio las gracias con su sonrisa gigante de sapo y las mariposas del Jazmín perdieron los colores de pura vergüenza, y así anduvieron, caiduchas y transparentes, todo el verano.


FIN




Graciela Montes. Sapo verde: publicado originalmente en la colección "Los cuentos del Chiribitil" del Centro Editor de América Latina (Buenos Aires, 1978). Actualmente agotado. Reproducido en Imaginaria con autorización de la autora.


Visto y leído en:

EDU-CUENTOS

http://edu-cuentos.blogspot.com.ar/2009/01/sapo-verde-publicado-originalmente-en.html

Había una vez un gato de ojos verdes, pelo gris y cola larga. De modo que era un gato parecido a muchos otros gatos. Pero, eso sí, era un gato de bolsillo. Del bolsillo de Aníbal Gobi, guarda de tren del ferrocarril Mitre.

Mientras Aníbal Gobi picaba los boletos con su máquina picadora el gato apenas espiaba desde el borde del bolsillo de su chaqueta marrón.

El Gato de Bolsillo no se acordaba de nada que no fuese el bolsillo de Aníbal Gobi. Tal vez había nacido en el Galpón de la Esquina, o en la Casa de al Lado, o en el Jardín de Atrás. Pero lo cierto es que hacía mucho, muchísimo tiempo que vivía en el bolsillo.

Al Gato de Bolsillo el bolsillo le parecía mucho más lindo que el resto de los lugares del Mundo Grande. El bolsillo era tibio, blando, suave, oscuro, tenía pelusas que hacía cosquillas y era muy fácil acurrucarse en el fondo. El Mundo Grande, en cambio, era frío y caliente, duro y líquido, áspero y liso, negro y brillante; tenía zapatos, ramas, relojes, caras, ruedas y Gatos Peligrosos. Era muy difícil acurrucarse en el Mundo Grande.

Eso, al menos, era lo que pensaba el Gato de Bolsillo hasta las cuatro y cinco de la tarde del segundo jueves del mes de octubre, porque a las cuatro y diez de la tarde del segundo jueves del mes de octubre, mientras estaba asomado al borde del bolsillo, observando tranquilamente cómo Aníbal Gobi le picaba el boleto a una señora colorada, el gato vio algo nuevo, algo nunca visto en el Mundo Grande: un ratón de cola de piolín y ojos brillantes, un Ratón Cualquiera, que miraba pasar el tren desde atrás de un poste de la estación Belgrano R.

El Gato de Bolsillo vio al Ratón Cualquiera y enseguida notó que ya era hora de salir del bolsillo de Aníbal Gobi. En el bolsillo de Aníbal Gobi jamás había habido ratones de ojos brillantes y cola de piolín.

El Gato de Bolsillo saltó y apoyó sus patas acolchadas en el piso del tren. Volvió a saltar y cayó en el piso de la estación. El Ratón Cualquiera lo vio, dio media vuelta y empezó a correr por la calle Zapiola, con el Gato de Bolsillo atrás, corriendo y corriendo, corriendo como no había corrido nunca.

Como el Ratón Cualquiera estaba mucho más acostumbrado al Mundo Grande que el Gato de Bolsillo, ganó la carrera y encontró un agujerito donde meterse antes de que el Gato de Bolsillo pudiese sujetarle la cola con la pata.

Entonces el Gato de Bolsillo supo que estaba solo en el Mundo Grande, sin pelusas y lleno de Gatos Peligrosos.

El Gato de Bolsillo les tenía muchísimo miedo a los Gatos Peligrosos. Aníbal Gobi siempre le hablaba de ellos mientras le rascaba las orejas; le había contado que tenían garras afiladas, maullidos malévolos y el cuerpo lleno de horribles cicatrices. El Gato de Bolsillo, en cambio, tenía las uñas cortas porque Aníbal Gobi se las cortaba puntualmente todos los lunes a la noche; maullaba bajito y sólo cuando tenía hambre, y tenía un pelaje liso, entero y sin marcas.

Pensando en los gatos Peligrosos el Gato de Bolsillo se acurrucó detrás de una bolsa de basura. Mientras oía el ruido de los autos y seguía con los ojos los zapatos que iban y venían por la calle, gemía en voz baja: extrañaba muchísimo el bolsillo.

Los zapatos se fueron yendo poco a poco y, poco a poco también, se vino la Verdadera Noche. Y fue entonces que aparecieron uno a uno, uno tras otro, los Gatos Peligrosos.

Los Gatos Peligrosos eran silenciosos como todos los gatos. A veces eran rapidísimos y otras veces muy lentos, como todos los gatos. Y, como todos los gatos, tenían bigotes largos, ojos verdes y amarillos y cola larga.

Pero eran peligrosos. El Gato de Bolsillo enseguida notó que eran peligrosos.
Porque arqueaban el lomo.

Porque maullaban hacia el cielo mostrando las gargantas.

Porque abrían la pata y mostraban las uñas, larguísimas y afiladas.

Cinco Gatos Peligrosos se acercaron al Gato de Bolsillo y los cinco arquearon el lomo, maullaron hacia el cielo y mostraron las uñas. El Gato de Bolsillo los miró con sus ojos verdes y vio que también ellos tenían verdes los ojos.

Entonces pasaron cosas importantes: el gato de Bolsillo arqueó el lomo; después maulló hacia el cielo y los Gatos Peligrosos le vieron la garganta; después abrió la pata y mostró las uñas, que no eran tan largas ni tan afiladas, pero ya le estaban creciendo.

Entonces pasó otra cosa importante: un Ratón Cualquiera. Y los seis gatos -un Gato de Bolsillo y cinco Gatos Peligrosos- echaron a correr. Todos persiguieron, todos saltaron tapias, todos esquivaron árboles y se escabulleron debajo de los autos estacionados.

Y pasaron más cosas esa noche. El Gato de Bolsillo se peleó con un Gato Peligroso, pegó un salto muy alto, corrió una carrera, escarbó la tierra, encontró un poco de leche en el fondo de una bolsa de basura y se afiló las uñas en al pared de piedra.

Y cuando ya empezaba a clarear los seis gatos -un Gato de Bolsillo y cinco Gatos Peligrosos- se fueron al Baldío de Enfrente y encontraron un rincón oscuro, tibio y suave arriba de un montón de trapos viejos. Y se enroscaron a dormir todos juntos.

Entonces el gato de Bolsillo supo que en el Mundo Grande no sólo había ratones de ojos brillantes y cola de piolín; también había bolsillos llenos de pelusa.


FIN



Graciela Montes. Un gato como cualquiera. Ilustraciones de Juan Manuel Lima. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1984. Colección El Pajarito Remendado


Visto y leído en:

DECIMOS LEE
http://decimoslee.blogspot.com.ar/2009/07/un-gato-como-cualquiera-cuento.html


Biografía» Graciela Montes

Graciela Montes nació en Buenos Aires el 18 de marzo de 1947.

Es Profesora en Lenguas y Literaturas Modernas por la Universidad Nacional de Buenos Aires, de donde egresó en 1972.

Durante 20 años formó parte del Centro Editor de América Latina, en donde dirigió la colección de literatura infantil Los cuentos del Chiribitil entre los años 1977 y 1979. El estímulo del entrañable editor Boris Spivacow, fundador del Centro Editor de América Latina, forjó en Graciela Montes un decidido impulso por la edición y promoción de los libros para niños.

Desde mediados de la década del 70 dirigió numerosos proyectos editoriales: Enciclopedia de los pequeños (Editorial La Encina), La manzana roja y Cosas de chicos (Editorial Kapelusz) y Cuentos de mi país (Ediciones Culturales Argentinas-Centro Editor de América Latina).

En 1986, fue co-fundadora de la editorial Libros del Quirquincho y como Directora de Publicaciones, hasta su alejamiento definitivo en 1992, sentó las bases de una línea renovadora y progresista en la edición de libros para niños y jóvenes.

Fue miembro fundador de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina, sección nacional del IBBY) y cofundadora y codirectora de la revista La Mancha, papeles de literatura infantil y juvenil, entre 1996 y 1998.

Su inmensa producción abarca la ficción, los libros informativos, la traducción y la teoría literaria. Por su trayectoria, fue nominada candidata por la Argentina al Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1996, 1998 y 2000.

La Fundación El Libro le otorgó en 1999 el Premio Pregonero de Honor, una distinción que tiene como objetivo fundamental dar público reconocimiento a los difusores de la literatura infantil y juvenil argentina.

En 2004 la Fundación Konex distinguió su trayectoria profesional con el Diploma al Mérito en la categoría "Literatura Infantil", galardón que se otorgó a los escritores más destacados en los últimos diez años.

Por la obra El turno del escriba, escrita en coautoría con Ema Wolf, ganó el VIII Premio Alfaguara de Novela 2005.




Fuente: IMAGINARIA
http://www.imaginaria.com.ar/00/3/montes3.htm
"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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