Biblioteca Popular José A. Guisasola

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La familia Delasoga era muy unida. O, por lo menos muy atada.

Juan Delasoga y María Delasoga se habían atado un día de primavera con una soguita blanca, larga, flexible, elástica y resistente. Y desde ese día no se habían vuelto a separar.

Lo mismo había pasado con Juancho y con Marita, los hijos de Juan y María. En cuanto nacieron, los ataron. Con toda suavidad, pero con nudos.

No es tan difícil de entender si uno lo piensa.

Marita, por ejemplo, estaba atada a su mamá, a su papá y a su hermano: en total, tres soguitas blancas anudadas a la cintura.

Y lo mismo pasaba con Juancho. Y con Juan. Y con María.


Claro que no era fácil acomodar tanta soga; había peligro de galletas, de sacudidas, de tropezones. Pero con el tiempo se habían acostumbrado a moverse siempre con prudencia y a no alejarse nunca demasiado.

Por ejemplo, cuando se sentaban a la mesa era más o menos así


Y cuando se acostaban a dormir.

Y cuando salín a pasear los domingos por la mañana.

Los Delasoga eran expertos en ataduras. La soga con que se ataban no era una soga así nomás, de morondanga; era una espléndida soga, elástica y extensible.

Así que cuando Juancho y Marita iban a la escuela, que quedaba a la vuelta, María podía quedarse en su casa haciendo la comida, casi como si tal cosa, salvo que la cintura le molestaba un poco porque la soguita estaba tensa…y tiraba.

Lo mismo pasaba cuando Juan iba al taller que, por suerte, quedaba al lado. A la hora de la leche no era raro ver a María, a Marita y a Juancho mirando la televisión mientras tres sogas los tironeaban un poco hacia la calle, porque el papá todavía no había vuelto.

De un modo o de otro, los Delasoga se las arreglaban.

Aunque, claro, había cosas que no podía hacer. Por ejemplo: Juancho nunca había podido salir a dar una vuelta a la manzana con sus patines.

Y eso era bastante grave porque Juancho tenía un par de patines relucientes con rueditas amarillas.


Pero ¿qué soga podía aguantar una vuelta a la manzana en dos patines?

A María le hubiese gustado visitar a su amiga Encarnación, la de Barracas. Pero ¡qué esperanza! No se había inventado todavía una soga tan resistente. Eso a María le daba un poco de pena porque era lindo charlar con Encarnación de tantas cosas.


Y Juan también. A Juan le hubiera encantado ir a la cancha a cantar a lo loco un gol de Ferro. Pero no; no podía: la soga no daba para tanto. Y eso a Juan, muy en secreto le daba un poco de rabia.

Y Marita, por no ser menos, también tenía sus ganas: ganas de pasear solita hasta el quiosco. Sola, no, ahí estaban las sogas, las tres soguitas blancas, flexibles y resistentes.

Y así siempre. Por años. Cuando una soga se ponía vieja, deshilachada y roñosa, la cambiaban por otra nueva, blanca y flamante.


Los Delasoga ya habían gastado más de quince rollos de soga de la buena, y habrían gastado muchísimos rollos más de no haber sido por la tijera brillante.


Bueno, en realidad la tijera brillante siempre había estado allí, en el costurero, hundida entre botones y carreteles. Pero nunca había brillado tanto como esa tarde. En una de esas porque era una tarde de sol brillante como una tijera.

Los Delasoga estaban, como siempre, atados.

María cosía un pantalón gris y aburrido.

Marita miraba cómo María cosía.


Juancho miraba cómo miraba Marita a María que cosía.

Juan miraba a Juancho mirar a Marita, que miraba a María, que cosía.

Y la tijera brillaba.

Cada tanto María la agarraba y —tris tras— cortaba la tela.

Y, mientras cosía, miraba las soguitas enruladas en montoncitos blancos sobre el piso.


En realidad María nunca había pensado mucho en las sogas. Ahora, de pronto, las miraba mejor, las miraba fijo, y se daba cuenta de que les tenía rabia.

Entonces sucedió, por fin, lo que tenía que suceder de una vez por todas.
María agarró la tijera y —tris tras— no cortó el pantalón gris; cortó la soga. Una soga cualquiera, la que tenía más cerca. Y después otra soga. La tercera y la cuarta las cortó Juan. Y Marita y Juancho cortaron una cada uno.


Las soguitas cortadas se cayeron al piso y se quedaron quietas.


¡Pobrecitos Delasoga! No estaban acostumbrados a vivir desatados. Al principio se asustaron muchísimo y casi casi salen corriendo a comprar otro rollo.

Pero después Juan dijo en voz baja:

—Casi casi… me iría a la cancha de Ferro, que hoy juega con River.

Y María dijo en voz alta:

—Casi casi… me iría a visitar a Encarnación, la de Barracas.

Y Juancho corrió a buscar los patines de las ruedas amarillas.

Y Marita dijo chau y se fue al quiosco del andén a elegirse dos revistas.


Esta vez los cuatro Delasoga pasaron cuatro tardes, todas distintas.

Se volvieron a encontrar a la nochecita. Estaban cansados, porque no era fácil andar solos y para cualquier lado.

Juan y María se abrazaron muy fuerte y se contaron cosas.

Juancho contó, mientras se desataba los patines, que en el barrio tenía un amigo que se llamaba Bartolo.

Marita contó que, junto al quiosco del andén, siempre había campanillas azules y geranios rojos.

De la soga no hablaron más. ¿Para qué iba a hablar de sogas una gente tan unida?




FIN



La familia Delasoga
(Serie celeste)
Graciela Montes
Marín (Ilustrador)
Colección: Del Pajarito Remendado
Editorial: Ediciones Colihue
http://www.colihue.com.ar/fichaLibro?bookId=376
Año de edición:1985



Reseña:
Esta familia quiere estar tan pero tan unida que sus miembros están atados con sogas los unos a los otros. Es lindo estar ligados a papá y mamá, a los hermanitos, pero trae muchas dificultades prácticas a la hora de desplazarse. Y a veces se quiere dar un paseíto independiente. La solución es darse cuenta de cuál es la verdadera unión.


Visto y leído en:

EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
PL 1er Ciclo Pajarito Remendado Cuentos de Grandes Autores Argentinos

http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/03/pl-1er-ciclo-pajarito-remendado-cuentos.html
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/graciela-montes.html

CIIE Marcos Paz - Biblioteca Digital Julio Cortázar
https://sites.google.com/view/bibliotecajuliocortazar/montes-graciela




Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de Florida. Pero no es culpa mía: en Florida pasa cada cosa que una no puede menos que contarla.

Como la historia esa del Club de los Perfectos.

Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club.

Alguno de ustedes preguntará quiénes eran los Perfectos. Bueno, los Perfectos de Florida eran como los Perfectos de cualquier otro barrio, así que cualquiera puede imaginárselos.

Por ejemplo, los Perfectos no son gordos pero tampoco son flacos.

No son demasiados altos, y mucho menos petisos.

Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las uñas.

Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima.

No son miedosos. Ni confianzudos.

No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido.

Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden “por favor” y jamás hablan con la boca llena.


Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que digamos.

Es más, eran muy pocos. Tan pocos que había calles, como Agustín Álvarez, donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa. Pero –pocos y todo–decidieron formar un club porque todo el mundo sabe que a los Perfectos sólo les gusta charlar con Perfectos, comer con Perfectos y casarse con Perfectos.

El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran el Deportivo Santa Rita y el Social Juan B. Justo.

El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados por la tarde se llenaba de floridenses porque los sábados por la tarde se jugaban partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo.

El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la noche los floridenses que querían ponerse de novio se reunían a bailar con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas.


Pero el Club de los Perfectos era otra cosa.

Para empezar, no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la calle Warnes, con grandes ventanales y una verja alta de rejas negras.

Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y margaritas, sólo palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros de hojas lustrosas.

Los sábados por la noche, los Perfectos llegaban al club con sus ropas planchadas y sus corbatas brillantes. Como eran perfectamente puntuales llegaban todos juntos.

Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla deslumbrante. Comían tranquilos y educados. Masticaban bien. Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia. Ni ganas.
Ni celos. Ni frío.

Tan diferentes eran, que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir a visitar el Club de los Perfectos.


Bueno, visitar es una manera de decir porque al club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás miraban de afuera.


Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el partido, los del Deportivo Santa Rita se venían en patota a la calle Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B. Justo, las parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles una ojeadita a los Perfectos.

Los floridenses se apretaban todos junto a la verja.

Eran un montón, pero ninguno era perfecto. Estaba doña Clementina, llena de arrugas; el nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en los dientes, chicos que a veces se comían las uñas, chicos que a veces se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los dientes en los sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas un poco despeinadas porque había viento.

Los sábados por la noche, el Club de los Perfectos estaba siempre rodeado de floridenses. Y fue por eso que, cuando pasó lo que tenía que pasar, hubo muchos que pudieron contarlo.

Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre reunidos alrededor de la mesa, perfectamente bronceados porque era verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que tenía que pasar.

Pasó una cucaracha.

Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el mantel almidonado y empezó a caminar perfectamente serena, por entre los platos.

El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas, perfectamente rubio. La cucaracha se acercaba, pacíficamente, hacia su plato.

El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque volcó la silla, empujó con el codo el plato decorado, que se estrelló contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la Perfecta de vestido blanco.

La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente, seguía recorriendo la mesa, desviándose sin sobresaltos cuando se le interponía algún plato.

Los Perfectos en cambio sí que parecían sobresaltados. Había algunos que se subían a las sillas y gritaban pidiendo ayuda, y otros que se comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones.

Había algunos que lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se reían a carcajadas.

El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y copas volcadas. Y serena, parsimoniosa, la manchita negra y lustrosa proseguía su camino.


Los floridenses que estaban junto a la reja al principio no entendían. Se agolpaban para ver mejor, los de la primera fila les pasaban noticias a los de atrás. Aníbal, el relator de los partidos amistosos, se trepó a lo alto de la verja y empezó a transmitir los acontecimientos:

–El Perfecto de la Camisa a Cuadros se cae de espaldas. Rueda. Quiere ponerse de pie, trastabilla y cae sobre la Perfecta del Collar de Nácar. La Perfecta del Collar de Nácar pierde la peluca. Se arroja al suelo y camina en cuatro patas tratando de recuperarla. El Perfecto del Traje Azul tropieza con ella, pierde el equilibrio y cae… Cae también su dentadura, que golpea ruidosamente contra la pata de la mesa…

Arrugados, despeinados, manchados y llorosos, los Perfectos fueron abandonando la casa de la calle Warnes. Los floridenses los miraban salir y no podían casi reconocerlos. Algunos estaban pálidos. Otros parecían viejos. Algunos, si se los miraba bien, eran francamente gordos. Y todos, uno por uno, estaban muertos de miedo.

A los floridenses más burlones les daba un poco de risa.

Los floridenses más comprensivos les sonreían y les daban la bienvenida: al fin de cuentas no era tan malo estar de este lado de la reja.

De más está decir que ese mismo día se disolvió el Club de los Perfectos.

Y cuentan en el barrio que los sábados por la tarde algunos de los que fueron sus socios llegan cansados y hambrientos al Deportivo Santa Rita y que otros van, un poco despeinados, al Social Juan B. Justo.

Cuentan también que en la casa de la calle Warnes ahora crecen malvones.

Y parece que así es mucho mejor que antes.



FIN




© Graciela Montes.
© Ediciones Colihue S.R.L.


Visto y leído en:

El Libro de Lectura del Bicentenario.
Primaria I. Plan Nacional de Lectura

Ministerio de Educación de la Nación
Secretaría de Educación. República Argentina, 2010
Ilustraciones: Mónica Pironio / Ivana Calamita

http://planlectura.educ.ar/wp-content/uploads/2015/12/El-libro-de-lectura-del-Bicentenario-Primaria-1.pdf
"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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